
I
Era una vez una vaca
que en su piel traía pintado
el mapa negro de España.
Vaca enorme y singular,
ponía los cuernos en Francia,
su boñiga en Portugal.
Vaca sola que pastaba
la grama de esta heredad
patria de los cementerios
y amamantaba a sus muertos
con leche verde de ortigas,
flor de la envidia
y maldición de los huertos.
Y sí mugía
-¡maldita vaca!-
partía en dos la cruz
de Caravaca.
II
En mitad de las tumbas
hay un pozo de lágrimas.
La vaca abreva,
enorme como el mundo,
paciente y negra.
Y los difuntos
-que le envidian la sed-
sueñan lampreas
y sanguijuelas verdes
y se pelean
por las flores tan tiernas
del culantrillo.
Cantan los grillos
y en la noche de España,
ciega y eterna,
el agua de los pozos
sueña en vano con ser
mañana acequia.
Que sólo es ella
un agua de responsos,
salada y negra.
III
III
Esta vaca pace
mientras los difuntos
requiescant in pace.
Esta vaca muge
cuando escucha el llanto
de los andaluces.
Y, a veces, cornea.
Y, a veces, de noche,
embiste y capea.
Yo he visto a la Muerte
subida a las tapias
como una manola
arrojarle flores
de felpa y cizaña
-flor negra de España-
y de avena loca.
Besadle la boca,
que no muja más.
Que no abreve más
agua de responsos.
Sacadla a pastar
la flor de los campos
de la libertad.
De Vaca de España. 2014.
De Vaca de España. 2014.
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