El agua mansa y verde
de los abrevaderos
tienta con su reclamo
la sed.
Bajan del cielo
arcángeles impuros
que alborotan la siesta
y se bañan desnudos,
seguros de su bella
tiranía.
No saben
que existen los caballos,
que apronto acudirán
sedientos los caballos
y no les quedará
más que admitir su turbio
pecado de soberbia.
¡Nadie como el caballo!
Se escuchará una voz.
Y, ciegos, los arcángeles
huirán precipitándose
de nuevo en las tinieblas.
De Azogue impuro. 1996.
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