I
Hay noches, largas noches
sin lumbre en que me empeño
en hacer por fin una
vez mía la palabra.
Pero nunca es el mismo
quien escribe y aquél
del que hablan mis versos.
Yo jamás tuve el alma
tan en vilo ni en esa
constante inspiración
que el poema aparenta.
Las palabras nos hacen
amar lo que no existe,
fingir vidas ajenas.
Y acaban confundiendo
lo escrito y lo vivido,
lo mismo que los dioses
confunden su existencia
con el clamor oscuro
de quienes los invocan.
2
Con la misma avaricia
de esos dioses pequeños
que confunden su nombre
con la plegaria ajena,
aguardo a que tu boca
me absuelva o me maldiga.
Mi vida es la palabra.
Mi plenitud ser sólo
una voz en los labios
impuros de los hombres.
De Ofidia. 2005.