J.A.Ramírez Lozano
Nunca es la luz, muchacho, la que inaugura el
mundo.
El sol no se aposenta jamás sobre
las cosas
si antes no las nombras. Mucho
antes, quizás
antes, tal vez, que el tiempo, las
palabras ya estaban
acechando en su oscura
consistencia, esa leve
trabazón que las sílabas tejen en
tiritaña,
hilo sin voz aún, diapasón de su
atisbo.
Dios mismo no era más que esa trama nutricia
en que aún se sostiene. Nada es
Dios y lo es todo.
Si una voz no lo invoca nada es Él
mas que el copo
de su nada. Dios cabe como un hilo
en su ovillo
y sólo la plegaria de sus fieles le
tejen
este velo de lumbre detrás del que
se oculta
esa tela de araña de su divinidad.
Jamás delatarán los mapas esas islas,
apenas territorio, que la
proclividad
de tu lengua inaugura tan sólo con
nombrarlas.
Son témpanos de sombra, esquifes de
una oscura
certeza contra la que se
estrellarán los buques
de las premoniciones, esa torpe
almadía
con que el hombre aventura su dicha
más allá
del reino de los dioses, de su
negro arrecife.
De Corambo. 2007.